Con este nombre se conocía a una sala de baile que había en Briviesca antes de construirse el Rombo. Estaba situado en una esquina donde hoy está un edificio de clases para adultos o algo así, cerca de la segunda iglesia de Briviesca, la que se utiliza en verano, la excolegiata de Santa María.
Era una especie de lonja con bancos corridos todo alrededor en los que se sentaban las chicas. De frente a la puerta había una especie de templete en el que tocaba la orquesta, en la que el trompetista era un señor que trabajaba en la ferretería de Abasolo. El suelo era de cemento y había una barra de madera a la derecha de la única puerta de acceso que había.
Yo tendría diecisiete o dieciocho años cuando fui la primera vez, y pocas fueron las veces que fui, porque enseguida construyeron el Rombo y cuando lo hice siempre fue en Navidades. Del Imperio recuerdo que los bancos estaban ocupados por chicas mayores, había pocas chicas jóvenes y las que entraban estaban un rato y luego se marchaban. Recuerdo a mis primos Lucila, Mariano y María Jesús. Lucila me ponía todo besuqueado y me presentaba a todas las chicas que estaban con ella que eran de Santa María, de Monasterio o de Santa Olalla y alguna de Quintanavides. Siempre que podía evitaba toparme con ella, lo que pasaba era que era bastante difícil porque era un local diáfano, sin columnas y muy iluminado.
Del Imperio, cuando íbamos, toda la gente salía corriendo a coger los autobuses que subían a Burgos en los que el ambiente era estupendo después de haber estado en el baile. Todos los de los pueblos decían adiós y en ellos quedábamos para vernos otro día. La pozana que así llamaban al autobús llegaba a Castil a las diez y media y algunas veces, cuando bajábamos estaba toda la carretera nevada. Mi madre siempre hacía algún comentario de las dificultades para subir a Santa María, porque desde la parada del autobús, aún les quedaba más de dos kilómetros que hacían andando.

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